Exámen de Física

Juan Ramírez, promoción XI Colegio Salesiano Don Bosco

Estaba en quinto bachillerato en el colegio salesiano, y ese día teníamos examen de física con el profesor Ramírez. Para que se hagan una idea, Ramírez no era malo, pero tenía fama de poner preguntas que ni Einstein respondería sin sudar. Yo ya venía medio nervioso desde la semana anterior, porque el tema era cinemática y, sinceramente, los planos inclinados me parecían más una tortura medieval que una parte de la física.

La noche antes del examen nos juntamos en casa de Luis —éramos él,  “El Chino” y yo— con la idea de estudiar. Claro, estudiar entre comillas, porque entre bromas, memes de Don Bosco y café instantáneo, parecía más una reunión de sobrevivientes que una sesión académica. Pero algo hicimos. “El Chino”, que siempre tenía una forma rara pero efectiva de explicar las cosas, agarró una caja de cereal y nos mostró cómo funcionaba la aceleración en un plano inclinado. No sé cómo, pero lo entendí.

Al día siguiente, ya en el aula, todos estábamos tensos. Yo saqué mi rosario del bolsillo —costumbre que agarré desde que el padre Esteban nos dijo que la fe también ayuda en los exámenes— y lo apreté como si fuera mi salvavidas. Cuando nos dieron el examen, la primera pregunta era justo sobre planos inclinados. Y ahí fue cuando recordé la caja de cereal. Respondí con seguridad, y poco a poco fui agarrando ritmo.

Al final, no solo aprobé, sino que saqué una de las mejores notas del grupo. El profe Ramírez me miró, medio sonrió (lo cual era rarísimo en él) y dijo: “Parece que alguien estudió con fe y ciencia”. Yo solo asentí, con el rosario aún en el bolsillo, sabiendo que esa noche de estudio con mis amigos iba a quedar grabada como una de las mejores de todo el bachillerato.

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